PRÓLOGO       

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Aclaraciones importantes para el lector:

La obra de un escritor no es necesariamente su propia biografía, de la misma manera que tampoco lo es para el compositor su obra musical, como equivocadamente muchos creen al leer los temas de un poeta o escuchar los del músico. Ambos deben conjugar constantemente vivencias personales y ajenas para crear sus obras literarias unos o musicales los otros.

Sucede que algunas veces las ajenas conmueven al escritor que acaba por plasmarlas en un soneto o cualquier género de poesía. No faltan los casos en que alguna poesía sea el producto de un trabajo mandado hacer, igual que al compositor le encargan el fondo musical de la novela o de la película, lo que al final de cuentas de ninguna manera representa una vivencia personal del compositor.

Cuando el músico compone alguna canción que diga en su letra algo así como "me engañaste mujer...", es torpe suponer que en la vida de éste necesariamente hubo, por lo menos, una mujer que lo engañó. A lo mejor ni siquiera mujeres ha tenido, pero le resultó bonita la canción. De tal forma que los temas que el lector encuentre en esta obra no representan todos necesariamente vivencias personales.

No encontrará el lector en esta obra los tradicionales reclamos o promesas increíblemente absurdos, sin sentido, que tanto abundan en poesía y en música, del tipo de "prometo amarte toda la vida...", o "juraste amarme toda la vida y me engañaste...". Quien eso espere, cierre a tiempo este libro y vaya a buscar otro.

En el terreno amoroso suele la gente, o mucha gente, cometer aberraciones insoportablemente irracionales que lamentablemente muchos poetas y músicos se han atrevido en todos los tiempos a utilizarlas como fundamento de sus obras. Son las promesas de amor y sus correspondientes reclamos de incumplimiento.

Es altamente absurdo. Porque lo único que se puede prometer en la vida es aquello que depende de la decisión personal, ni siquiera de la ajena. Ninguna otra cosa. Es absolutamente irracional prometer, por ejemplo, "te prometo que mañana va a llover", porque la lluvia no se da por decisión personal. O bien, "te prometo que el próximo sábado voy a estar contento", porque el estado de ánimo es consecuencia de las circunstancias que se van viviendo, no de una decisión.

Solicitar promesas que no dependen de esa decisión personal resulta igual de irracional. Por ejemplo, "prométeme que jamás te va a dar cáncer"; o bien "prométeme que mañana se va a nublar".

Semejantes o peores habrían de resultar entonces reclamos de incumplimiento de promesas sin sentido, como por ejemplo: "eres un embustero, me prometiste ayer que hoy iba a llover y no llovió". En cambio es totalmente válido prometer, por ejemplo, "te prometo que mañana no voy al cine", porque el dejar de ir dependen exclusivamente de una decisión propia.

El amor no depende de una decisión personal, por lo tanto es absurdo hacer promesas de amor. Si así fuera, cualquiera podría decidir cosas como "mañana de las tres de la tarde a las ocho de la noche voy a estar enamorado de Fulanita; de las ocho a las once voy a amar a Menganita y después dejo de amar a todas para irme a dormir tranquilo".

El amor, como los estados de ánimo, es consecuencia, entre otras cosas, de las circunstancias que se van viviendo, no de una decisión. El amor, por esas circunstancias, nace, se conserva, crece o inclusive muere, pero jamás porque nadie así lo decida. Lo que se puede modificar o conservar por decisión propia son algunas de esas circunstancias, nada más. Se puede prometer fidelidad, porque eso sí depende de una decisión: ante la oportunidad, cada persona puede decidir entre aprovecharla o retirarse de ella para ser fiel. Eso es intervenir directamente en una circunstancia que favorece el cultivo del amor, o a lo mejor lo desfavorece.

Si algún enamorado deja en determinado momento de amar a su pareja no es por decisión personal, sino porque las circunstancias iniciales se modificaron. ¿Acaso a alguien se le ocurre que aquello fue así porque el enamorado de repente decidió "a partir de mañana he decidido no sentir ya amor por ti"? No, lo que sucede es que las circunstancias iniciales, aquellas que hicieron que el amor naciera, cambiaron y en consecuencia provocaron la muerte de ese amor.

Por todo lo anterior, en la presente obra no encontrará el lector promesa alguna ni reclamo absurdo de amor, sin importar que se trate de una vivencia personal o ajena, como se dijo en los primeros renglones de este prólogo, promesas absurdas del tipo: "Te amaré toda la vida...", porque el amor puede morir con el paso del tiempo sin que eso ocurra por decisión personal, así como tampoco encontrará los correspondientes reclamos amorosos sin sentido: "Me engañaste mujer, pues juraste amarme toda la vida y dejaste de quererme...".

Y a fuerza de ser congruente con esa manera realista de ver la vida, tampoco se vale poner calificativos al ser pretendido o adorado, simplemente porque su decisión de separarse provoca honda herida en el alma.

Cuando se busca iniciar una relación de pareja se tienen idealizadas ciertas expectativas de aquel ser que es pretendido. Y las expectativas de todas las personas son válidas, aunque sean contrarias a las propias. Por ejemplo, la expectativa de alguien puede ser simplemente conquistar para hacer el amor con aquella persona que le agrada. Desde el punto de vista moral-religioso puede estar prohibido, pero desde una perspectiva no religiosa puede ser visto como normal. Para otro, su expectativa puede ser buscar pareja para llegar al matrimonio. Los hay que buscan simplemente un compañero o compañera de vida, pero sin contraer ningún compromiso formal. A veces surge un romance sin ser buscado. O la mera atracción mutua puede ser una buena fábrica de romances.

Lo que es un hecho es que iniciar una relación de pareja o estarla viviendo tiene un riesgo latente todo el tiempo: que se desbarate esa relación por decisión propia o por decisión de la otra parte. Cualquiera de ambas posibilidades es totalmente válida y están en su absoluto derecho de tomar dicha determinación cualquiera de las dos partes de la pareja, siempre y cuando no perjudiquen a terceros.

El problema se genera cuando dicha determinación de dar por terminada esa relación de pareja viene de enfrente, de la otra parte de la pareja, no de uno mismo.

Y allí no cabe, desde un comportamiento prudente y sensato, lanzarle todas las maldiciones al otro, como "lo que hiciste conmigo lo tendrás que pagar...", o bien "Eres muy malo, pues me dejaste sufriendo...". Ese es el riesgo que se corre siempre que se inicia una relación. Y aceptarlo, aunque no concuerden con las propias expectativas, en muy pocas -¡poquísimas!- mentes cabe. Parece como que de aquí para allá todo se vale, pero de allá para acá no. Es un riesgo siempre jugado. Frases de ésas aquí no encontrará el lector.

Finalmente, en algunos sonetos o en algunas poesías está añadida la fecha en que fue escrita. Con ello el lector se dará cuenta de la forma en que fue cambiando a través del tiempo mi concepción religiosa. No es que existan contradicciones cuando a veces lea: pero sé que el Eterno allá en los Cielos gloria y dicha te tiene reservada, a cuando lea: No soy hijo de dios, ay qué ventura el no tener un padre tan tirano. De joven creía en todo lo que me habían inculcado mis padres, pero en la madurez de mi existencia creí en todo lo que me inculcó la vida. Esas aparentes contradicciones son simplemente la constancia de una evolución en las creencias religiosas.




Autor: Luis Castro Pérez
4lcastro9@gmail.com
Morelia, Mich. México